Ya que pocos días me alejan de mi inminente vuelta a casa, y a raíz del texto que leí en el blog de un amigo con pelos en la tripa, he vuelto a recordar el sofocante ambiente dentro de mi círculo de amigos, conocidos y desconocidos. Es curioso cómo la gente muestra respeto y admiración por el dominio -ejem- que he adquirido de la lengua alemana, pero ahora mismo me desdeñarían por decir manzana y no sagarra, carbón y no ikatza, mujer en lugar de andrea (andria) y hombre por gizon.
Hoy tengo la sangre bor-borrean; he tenido que ocuparme de mi documento nacional de identidad caducado. Tiene cojones que un papel con mis datos y mi careto, no valga ezta ipurdia garbitzeko ere* -el plástico dificultaría mucho llegar a cumplir el objetivo de tal acción- porque expiró hace dos meses.
He decidido hacer un apartado con todas las barbaridades curiosidades que vaya recopilando de Turquía.
Para empezar con la serie os traigo unos consejos muy prácticos para todos los bricomaníacos que os pasáis por el blog. Si algún día queréis demoler vuestra casa, he aquí lo que necesitáis:
Muchas cosas han cambiado desde entonces, entre ellas, la razón que un día nos unió. Pero quiero creer que los otros dos integrantes del club de la una y media esbozarán una sonrisa cuando lean el siguiente texto. Lástima que no haya constancia de nuestras visitas a la biblioteca y las pintorescas respuestas que les dabais a los problemas de mate. Geo power!
Quien haya seguido el blog durante el último año, probablemente se acuerde de Asa, mi amiga iraní licenciada en filología hispánica que albergaba el único deseo de ser becada por el gobierno español para poder hacer un máster en España. Si el lector tiene buena memoria, recordará también que cuando la conocí justo cuando había recibido la fatídica noticia de que no había sido seleccionada y que, por lo tanto, tendría que buscarse la vida en su país. Ardua tarea, créanme. Leer más…
Se puede perder el tiempo de muchas maneras. Yo estoy especializada en hacerlo cuando tengo que entregar algún trabajo o estudiar para algún examen. Esta vez se trata de un trabajo de teoría política que tengo que entregar dentro de nueve días y para el que no he empezado ni siquiera a leer los textos que tenía que haber leído durante el semestre. Sin embargo, estresarse no es saludable así que sigo dedicándome a invertir mi tiempo en las más variopintas de las ocupaciones, como por ejemplo, charlar un rato con dos chicas iraníes:
Una cosa curiosa me ha ocurrido hoy cuando he ido a la peluquería turca a depilarme las cejas. Iba con Irina, que desde que le mostré el lugar va un día sí y otro también y que muestra especial entusiasmo cuando se trata de quitar pelos de más. Resulta que el otro día le enseñé un vídeo de una chica alemana que había intentado hacer las américas depilándose las cejas completamente y pintándoselas en la frente. Sí, en la frente.
Todos los visitantes que hayan pasado por Berlín coinciden en que la ciudad emana efervescencia y una creatividad incipiente, casi adolescente, que hacen de esta ciudad un amasijo de formas y de colores que se entremezclan nuevamente cada día.
Para los que viven en esta ciudad, sin embargo, llega un día donde te despiertas y te sientes ajeno a la dinámica urbana, ajeno a la fete de la music, a la bildungsstreik y, por qué no, también a los kebabs que nacen en cada esquina.
Es como si una noche, en una conspiración judeo-germana (intenten separar el adjetivo judeo del sustantivo conspiración… ¿a que no funciona?), la ciudad decidiera salir corriendo, corriendo hacia sí misma, hacia su creatividad, como si evolucionara mientras duermes inconsciente. Sin embargo, es algo que sutilmente percibes nada más abrir los ojos. Sabes que la ciudad ha decidido seguir su marcha sin ti, que, aunque estés en la misma cama de ayer, la cama no está en el mismo lugar. Te has vuelto invisible.
De todas maneras, Berlín no sería Berlín si escapara sin darte una segunda oportunidad, si no dejara una puerta abierta por la que volver a entrar al Fernsehturm o a Kreuzberg. Berlín siempre te guardará un fotomatón de los años 60 para que te lleves cuatro fotos de tu sonrisa en blanco y negro a casa. Para que no se te olvide que puedes sonreír.
Si quieres.
Hasta pronto.
Aprovechando que la madre de Dogukan estaba de visita, fuimos un día al cine a ver una película turca subtitulada llamada “Güneşi gördüm” (He visto el sol). No quiero dar ningún dato sobre el argumento, ya que por ahora me he encontrado con gente que ha hecho una lectura muy distinta a la mía, y no me gustaría sugestionar al lector en lo más mínimo. Si algún día tenéis la suerte de poder verla, os la recomiendo. Yo me pasé las dos horas llorando.
Aquí el tráiler con sutítulos en inglés y más abajo tres canciones de la banda sonora, que es, al igual que la película, preciosa:
La dieta proviene del médico de mi padre. Como conejillo de indias tenemos a otro amigo que ha adelgazado 14 kilos en menos de cinco meses. Para los que queráis torturaros hasta que llegue el verano, coged papel y boli: