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Me voy a Irán (sí, por fin)

febrero 22, 2011

Por fin. Hace tiempo que decidí dejar el blog en stand by. Hoy que he recogido mi pasaporte con mi visado, me apetecía dejar una última entrada a modo de regusto agridulce.

El domingo me voy a Irán, y me voy además de prácticas a la universidad de Teherán.

Promete, promete mucho.

Regalo de cumpleaños: Praga

febrero 13, 2010

Hace justamente un mes cumplí 22 añitos. Me cayeron infinitamente mejor que los 20, bien sea porque una vez entrada en la década ya año para arriba, año para abajo, poco cambia o porque el 22, los dos patitos, es un número de lo más simpático. Fue un día como otro cualquiera, tenía clase a las 8:30, después quedé con una amiga mía para trazar un plan para escaquearnos de la presentación que teníamos que hacer y a la tarde fui religiosamente a danza del vientre (¡la profesora incluso me permitió elegir el ejercicio final de la clase!). Dogukan me hizo un pastel riquísimo y, con el frío que hacía y con el estrés universitario, decidimos festejarlo cuando la nieve se derrita (y no, eso todavía no ha ocurrido).

No me dio ninguna pena porque hacía un par de semanas que teníamos cogidos los billetes para ir a pasar el fin de semana a Praga. Toda mi familia habla maravillas de Praga, de hecho, yo era la única que no había estado (¡y la que más cerca vive!). Aprovechando que al ser temporada baja habría pocos turistas, no tuvimos problemas para encontrar billetes y un hostal al lado del puente de Carlos por muy buen precio. Praga es una ciudad muy turística así que hay que ir preparado para el sablazo, de todas maneras, aquí van algunos consejos de la Señorita Gangas:

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Ah, corazón

febrero 11, 2010

Hay que ver cómo han evolucionado las cejas turcas desde entonces. A mejor, sin duda.

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Todos los caminos llevan a Roma

febrero 11, 2010

¿Pero y si no quieres ir a Roma? Pues he ahí el dilema que yo tengo. Me siento metida en el engranaje universitario, que pertenece al macroengranaje de una vida apropiada, correcta, previsible. Aprendo cosas interesantes, no lo niego, disfruto a ratos cuando leo textos sobre el diseño inteligente y la individualización. También me alegro de poder hacer el semestre que viene un seminario entorno a cómo la religión y la política influyen en el papel de la mujer en distintos países.

Sin embargo, cuando pienso en la vida de mis profesores, de los docentes de las tutorías, me entra verdadero pánico. Me parece una vida solitaria, metida entre libros, discutiendo si Beck tiene más razón que Luhmann o si Bourdieu es mejor francés que Durkheim. ¿Qué sentido puede tener eso? Leyendo los últimos libros, dándole otra vuelta de tuerca a la historia, describiendo las relaciones interpersonales, leyendo, leyendo, leyendo. ¿Dónde se queda el mundo?

He empezado a leer “Negro sobre negro“, los cuadernos de viaje de Ana Briongos. Ya que no puedo viajar a Irán, y al Irán de hace 30 años aún menos, por lo menos acompañaré a Ana por sus paisajes pre-revolucionarios. Algo me dice que mis pies me guían hacia Oriente Próximo, que mi camino vital pasa por llegar hasta allí. ¿Pero qué será de mí, cuando ya lo haya recorrido?

Para sentirme como en casa

febrero 1, 2010

Berlin, Oranienstr.

¡Esto y un katxi y como en la parte vieja!

El asesino

enero 31, 2010

De todas las cosas a las que tengo miedo, la más irracional y profunda es, sin duda, el miedo a que un psicópata entre a mi habitación y me mate. Para más inri, tengo la macabra convicción de que no sería una víctima al azar, sino más bien resultado de un crimen premeditado y calculado escrupulosamente. Mi psique paranoica le atribuye el crimen, eso sí, a un desconocido, algo perturbado tal vez y con alguna extraña fijación con Elenas con miedo a que un asesino las mate. Como si lo oliera, oye.

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Decadencia

enero 29, 2010

Me gusta la decadencia. De alguna manera la uno con un sentimiento melancólico de un esplendor que no he vivido y que solamente está al alcance de la mirada de quien no mira con los ojos. Creo que es la magia que tiene Estambul: la asimetría, el libre albedrío y el desorden entre calles inalteradas desde hace siglos. Mucha gente no entiende -yo la verdad es que tampoco- que una ciudad me haya causado semejante fascinación en el escaso tiempo que estuve en ella.

Pero siento Estambul, me llena, me habla, me mece en sus aguas y me baña de oro al atardecer. Mantiene la calma entre el estruendo de transeúntes y vendedores, sosegada, como un viejo que comprende demasiado como para dejarse arrastrar por las pasiones ajenas. No quiero que le quiten las arrugas y le hagan un “lifting” a sus edificios. Me gusta Estambul con sus curvas y sus contornos, con sus dolencias y sus imperfecciones.

Pocas cosas me alteran el pulso hoy en día. Pero pienso en Estambul y me entran ganas de llorar.

No sé por qué.

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